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Carta de Sergio Larraín para quienes inician en la fotografía

En 1982 Sergio Larraín, fotógrafo chileno, escribió esta carta a su sobrino, en ella le daba algunos consejos para iniciar en la fotografía. Con el pasar de los años el escrito se ha convertido en un manifiesto, un documento que goza de la poesía, la sencillez y la pasión que solo un maestro como Larraín podría escribir.💥 #VideoFNF 

Una entrevista al fotógrafo Sergio Larraín donde la fotografía no es tema central

Esta es la última entrevista a Sergio Larraín, fotógrafo chileno, integrante de Magnum,  expuso sus obras en diferentes museos del mundo, y quien hacia finales de los años setenta abandono la fotografía para dedicar su vida a la meditación y el estudio de la cultura. Esta entrevista lograda por el cineasta Felipe Monsalve se compone de poesía, del sentir de un fotógrafo que esta cansado de la fotografía como una forma mecánica y sin sentido. Esta entrevista aborda temas que van más allá de la fotografía.

Te abro la puerta de mi casa para que conversemos, nos conozcamos. Pero no quiero que me saques ninguna fotografía. Respeta mi petición, no me insistas. No quiero quedar expuesto, aquí me siento protegido. Lo que conversemos hoy úsalo para ti; lo que compartamos aquí, guardémoslo para nosotros. Si después algo te sirve para tu libro, lo usas, si no, no lo uses. La gente siempre quiere algo de uno, siempre quiere sacarte algo, alguna cosa donde ellos se puedan sentir beneficiados. Son pocas las personas que se comportan gratuitamente, generosamente, porque así les nace ser. El ser humano es mentiroso y manipulador, se ha acostumbrado de esa manera para obtener algo, para sacar algo; han desarrollado esa actitud del mentiroso. Te lo digo porque ya soy hombre viejo, y he visto muchas cosas. Es bueno protegerse, pero no te confundas, también hay que estar abierto, siempre abierto al universo, a la naturaleza, a los necesitados, a la divinidad. Pero no tengas las puertas abiertas para que entren las personas que se quieren aprovechar de ti. Vivimos en un mundo egoísta, de mucha envidia, pero tú no seas egoísta ni envidioso, sólo busca cuidarte. Sé generoso, siempre hay que ser generoso. No cargues nada, entrega todo. Quédate con lo necesario para vivir sencillamente. Despréndete de todo lo que no necesites y dáselo a quien sí lo necesita. Tampoco pongas demasiada atención en esto que te digo de la gente aprovechadora y mentirosa, eso es así, y probablemente seguirá siendo así por un buen tiempo más, tú sólo no estés cerca de ellas. También hay mucha gente buena; quédate con esa gente, y hazle el quite a los que no lo son; si los puedes ayudar, hazlo también. Siempre intenta ayudar, no importa si no lo logras, pero inténtalo con todo tu corazón. No pongas tu ego en ello. Haz el bien porque es lo que uno debe hacer, pero también busca protegerte.

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Blow Up, una película apta para fotógrafos

Blow Up
Blow Up

En 1966 Michelangelo Antonioni dirigió la película Blow up, ganadora de la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cine de Cannes, la película está basada en el cuento del escritor Julio Cortazar “Las babas del diablo” ésta narra a través del personaje principal inspirado en el fotógrafo chileno Sergio Larrain, una de sus imágenes tomadas en un parque, en ella revelará algo inesperado.

Hoy Fotógrafo No fotógrafo te invita a ver está película  y a que nos cuentes que te pareció

Carta del fotógrafo Sergio Larraín a su sobrino que inicia en la fotografía

Fotografía Sergio Larrain

“Miércoles. Lo primero de todo es tener una máquina que a uno le guste, la que más le guste a uno, porque se trata de estar contento con el cuerpo, con lo que uno tiene en las manos y el instrumento es clave para el que hace un oficio, y que sea el mínimo, lo indispensable y nada más. Segundo, tener una ampliadora a su gusto, la más rica y simple posible (en 35 mm. la más chica que fabrica LEITZ es la mejor, te dura para toda la vida).

El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas. Ir a Valparaiso, o a Chiloé, por las calles todo el día, vagar y vagar por partes desconocidas, y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque, y mirar, dibujar también, y mirar. Salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, DEJARSE LLEVAR por el gusto, mucho ir de una parte a otra, por donde te vaya tincando. De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes, como apariciones las tomas.

Luego que has vuelto a la casa, revelas, copias y empiezas a mirar lo que has pescado, todos los peces, y los pones con su scotch al muro, los copias en hojitas tamaño postal y los miras. Después empiezas a jugar con las L, a buscar cortes, a encuadrar, y vas aprendiendo composición, geometría. Van encuadrando perfecto con las L y amplias lo que has encuadrado y lo dejas en la pared. Así vas mirando, para ir viendo. Cuando se te hace seguro que una foto es mala, al canasto al tiro. La mejor las subes un poco más alto en la pared, al final guardas las buenas y nada más (guardar lo mediocre te estanca en lo mediocre). En el tope nada más lo que se guarda, todo lo demás se bota, porque uno carga en la psiquis todo lo que retiene.

Luego haces gimnasia, te entretienes en otras cosas y no te preocupas más. Empiezas a mirar el trabajo de otros fotógrafos y a buscar lo bueno en todo lo que encuentres: libros, revistas, etc. y sacas lo mejor, y si puedes recortar, sacas lo bueno y lo vas pegando en la pared al lado de lo tuyo, y si no puedes recortar, abres el libro o las revistas en las páginas de las cosas buenas y lo dejas abierto en exposición. Luego lo dejas semanas, meses, mientras te dé, uno se demora mucho en ver, pero poco a poco se te va entregando el secreto y vas viendo lo que es bueno y la profundidad de cada cosa.

Sigues viviendo tranquilo, dibujas un poco, sales a pasear y nunca fuerces la salida a tomar fotos, por que se pierde la poesía, la vida que ello tiene se enferma, es como forzar el amor o la amistad, no se puede. Cuando te vuelva a nacer, puede partir en otro viaje, otro vagabundeo: a Puerto Aguirre, puedes bajar el Baker a caballo hasta los ventisqueros desde Aysén; Valparaiso siempre es una maravilla, es perderse en la magia, perderse unos días dándose vueltas por los cerros y calles y durmiendo en el saco de dormir en algún lado en la noche, y muy metido en la realidad, como nadando bajo el agua, que nada te distrae, nada convencional. Te dejas llevar por las alpargatas lentito, como si estuvieras curado por el gusto de mirar, canturreando, y lo que vaya apareciendo lo vas fotografiando ya con más cuidado, algo has aprendido a componer y recortar, ya lo haces con la máquina, y así se sigue, se llena de peces la carreta y vuelves a casa. Aprendes foco, diafragma, primer plano, saturación, velocidad, etc. aprendes a jugar con la máquina y sus posibilidades, y vas juntando poesía (lo tuyo y lo de otros), toma todo lo bueno que encuentres, bueno de los otros. Hazte una colección de cosas óptimas, un museito en una carpeta.

Sigue lo que es tu gusto y nada más. No le creas más que a tu gusto, tu eres la vida y la vida es la que se escoge. Lo que no te guste a ti, no lo veas, no sirve. Tu eres el único criterio, pero ve de todos los demás. Vas aprendiendo, cuando tengas una foto realmente buena, las amplias, haces una pequeña exposición o un librito, lo mandas a empastar y con eso vas estableciendo un piso, al mostrarla te ubicas de lo que son, según lo veas frente a los demás, ahí lo sientes. Hacer una exposición es dar algo, como dar de comer, es bueno para los demás que se les muestre algo hecho con trabajo y gusto. No es lucirse uno, hace bien, es sano para todos y a ti te hace bien porque te va chequeando.

Bueno, con esto tienes para comenzar. Es mucho vagabundeo, estar sentado debajo de un árbol en cualquier parte. Es un andar solo por el universo. Uno nuevamente empieza a mirar, el mundo convencional te pone un biombo, hay que salir de él durante el período de fotografía.”

Sergio fue fotógrafo chileno, miembro de la agencia Magnum y según varios textos una de sus fotos fue motivación para el cuento  Las babas del diablo, de Julio Cortázar.